jueves, 28 de junio de 2018

Pedir demasiado

A ella le gustaba el mar.

¿Razones? No existía ninguna en específico, sólo era consciente de que le encantaba, podría observarlo desde su balcón como cada mañana y aún así maravillarse ante cada pequeña cosa que tenía que ofrecer. Quizás, de este ser un mundo distinto, podría adueñarse de el.

A las chicas se les tenía prohibido aspirar a más, una chica no podía controlar, una chica no era el poder, no era la gobernante, no resultaba el foco de mando, más ese pensamiento resultaba constantemente sacudido ante su propio ímpetu: Quería hacerlo suyo, dibujar sobre las olas, remarcar en ellas las más divertidas formas, volver de la bruma su propia almohada, hacer de los coloridos peces sus mejores amigos, no necesitar nunca más de la tierra firme: nadar, nadar y nadar...

Que el sol solo fuese un reflejo del firmamento sobre la superficie, y no pudiese tocarla nunca más.

Volver del calor su propio motor, dejar que todos bajo su reinado, o tiranía, no fuesen capaces de hacer planes: Que fuera la corriente su único motor, no saber jamás cual sería su destino, pero que este siempre resultase único, mágico, y de provecho.

¿Por qué todos se fascinaban tanto con el cielo? Este es de muy difícil acceso, no obstante, incluso con la cercanía de los cuerpos terrestres al mar, para la gran mayoría seguía siendo un misterio, una muestra de la cobardía inherente al humano; que nadie quería llegar a lo que se encontraba más cercano, pues temía no ser capaz de escapar a sus consecuencias.

El firmamento en cambio, nunca cobraría venganza.

Quizás eso pensaban todos aquellos "locos" que se atrevieron, no importaba, en cualquier momento, al liberar sus cadenas, se convertiría en una de ellos.

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