domingo, 14 de abril de 2019

Guerra

En sus ojos no estaba el cielo pero si la tierra.
Había firmeza y dulzura, realismo y magia.
Estaban marcados los sueños sin nombre.
Y las penas que herían el alma.

Coexistían miles de intentos realizados.
La gloria y la angustia de ser siempre más.
Aunque desde un principio fue suficiente.
Desde siempre iluminando tan solo con estar.

Una victoria nunca desmerecía las derrotas.
Por mucho que la marea siempre se alzase.
La paz es frágil, rendirse no era debilidad.
Más la reina nunca caerá, ni en una batalla solitaria.
Porque en ella hay más fuerza que en mil caballeros.
Pues en sus manos está su destino.
Aún marcado por el verdor, aún envuelto en anhelo.
Plasmado en las huellas que ha dejado.
Que ninguna espada podrá jamás vejar.

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